Mortificado con los olores de mi barrio

De regreso de la oficina, camino a casa, luego de interminables congestiones del tránsito, debo pasar por la esquina que conecta mi conjunto residencial con los otros tres de la zona más una pequeña zona comercial. Justo antes de llegar al límite de esos espacios se cuelan por los más pequeños orificios de mi Renault una gama de inconfundibles olores, que más que agradarme definitivamente me mortifican.

Se trata de esa dulce combinación de fragancias que produce la cocción de la harina para las pizzas, la del humo que dejan las salchichas rancheras sobre la brasa, la de el queso que se funde sobre la cubierta de una porción de carne para hamburguesa, entre otras tantas. A propósito, no sé cómo existen personas que se atreven a llamarle despectivamente “comida chatarra”, al fin y al cabo comida.

Esa mezcla gloriosa de los más incomprendidos matices gastronómicos criollos, que definitivamente ruborizan al más inexperto de los médicos y por supuesto a cualquier mamá, infunde en un mortal como yo las más codiciadas sensaciones.

Pero no todo puede ser perfecto, algo necesariamente tiene que arrebatarme esos jugosos momentos donde termino condenado a la infelicidad comensal. Se trata de ese espíritu colectivo que ronda en campos y ciudades y que se exige convencernos a todos, los imperfectos humanos, que esos placeres son pecado y que lo pueden llevar a uno a la muerte.

Detengo la marcha de mi carro frente al puesto de “la vecina”, la expendedora de canes calientes, y veo con amargura cómo una decena de mortales dan rienda suelta a ese deseo de morder algo de grasa –acompañada de salsas, chips, champiñones y huevo al gusto- y yo impávido en mi ventana solo puedo acompañarlos desde la distancia.

Maldigo un par o un trío de veces y me doy por vencido; sé que al llegar a casa -de hecho entre mi sala y una hamburguesa de dos pisos solo me separan 20 metros- alguien estará esperándome con una “deliciosa” y bien concebida ensalada de atún y una porción de pollo a la plancha, con vegetales.

Dado que mi historia puede ser la suya, quisiera invitarlo a que medite bien si esa necesario ese calvario de pasar cerca de estos puestos de maldad o si mejor camina un poco más y da la vuelta por donde no tenga que hacer rendir a su olfato.

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